LA FERIA DEL DIABLO

LA FERIA DEL DIABLO

Escrito el 31 de octubre de 2010


La gente se paseaba tranquilamente por la feria. Escudriñando los tenderetes,
observando las atracciones. Los más pequeños disfrutaban con ellas, y los no tan
pequeños también. 
Móra La Nova es la ciudad donde se celebraba dicha feria. Cada año se llenaban tres
calles enteras con atracciones y tenderetes. El poli deportivo era inundado con
tiendas de todo tipo. La escuela servía de concesionario improvisado. Todo el mundo
salía a divertirse: El muchacho que en la máquina del gancho intentaba cogerse un
reloj mientras hacía creer a su novia que intentaba conseguirle el osito de peluche…
El chico que se compraba petardos y los lanzaba en medio de la calle asustando a la
gente… El abuelo que paseaba nostálgico recordando el día en que nació la feria.
Probablemente habría miles de historias que contar. Dignas de rellenar un buen libro
repleto de cotilleos y curiosidades. Los chicos gamberros no se quedaban atrás, pues
también rondaban por la feria. Siempre hay gamberros pensará todo el mundo. No
obstante, lo que empezó como un juego para un chiquillo, terminó con la muerte de
todos los asistentes a la feria.
— 
Alfonso reía bajo la ventana. Su calle estaba inundada por la feria, y Alfonso lo
aprovechó para sus trastadas. 
Corría un día de sol intenso que se adhería a los ropajes de la gente. El suelo,
como de costumbre, estaba lleno de papeles, propagandas y basura en general. La
multitud pasaba por debajo de los perturbados ojos de Alfonso sin verlo.
¡pam! Se oyó. Una bolita diminuta de color blanco como la leche salió disparada de
una ventana. Se desplazó por los aires en línea oblicua hasta que impactó a toda
velocidad contra las gafas de un Anciano solitario. La bolita le dio en el reborde
que sujetaba el cristal y éste dio un saltito despojándose de las gafas. Cayó al
suelo agrietándose al instante. 
El anciano notó algo, como si le tiraran una piedrecilla, pero no le dio más
importancia. Recogió el cristal agrietado y siguió andando solitario. 
Agachado debajo de la ventana, Alfonso reía con una mueca cruel en sus labios. Sus
ojos mostraban unas diminutas venas de sangre que se extendían por las pupilas, el
lirio reflejaba un volcán en su interior.
Alfonso se hartó. Llevaba media hora usando la pistola y mucha gente había sido
herida. Pero sentía ansias de hacer más daño. La pistola con balas de plástico le
parecía un juego de niños.
>.
— Ellos, jajaja —rió jocoso— tengo que... hacer… algo ¿yo? Si claro que sí, jajaja.
Bajó. Bajó al piso de abajo. Se encaminó hacia la cocina. La escrutó al completo.
Abrió un armario de vidrio, su madre era una adicta al vidrio podría decirse.
Coleccionaba hasta calcetines de cristal. 
Sacó vasos y más vasos del armario. Los subió arriba, abrió la puerta de la terraza
y posó los vasos en el suelo. Cuando tuvo bastantes vasos dejó el armario cerrado y
volvió a subir.
— Yo… no puedo hacerlo. No puedo.
>.
Alfonso se convulsionó unos segundos y paró de repente. Erguido y con el rostro
apaciguado sus ojos habían perdido la rojez de las pupilas y el lirio. Ahora eran
los globos blancos de sus ojos los que enrojecían, estaban inyectados en sangre. Su
aspecto transmitía un aspecto de demente y psicópata.

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