LUNA NUEVA (libro) 16;17-. Paris & La visita

LUNA NUEVA (libro) 16;17-. Paris & La visita

Escrito el 11 de octubre de 2009

 

Y en ese preciso momento salí a la superficie.
Me hallaba desorientada. Hubiera jurado que hacía un momento me estaba ahogando.
Era imposible que la corriente me hubiera sacado de allí. Las rocas se me clavaban en la espalda; una fuerza me empujaba contra ellas rítmicamente, haciendo que expulsara el agua de los pulmones. La eché por la boca y la nariz a borbotones. La sal me quemaba los pulmones y tenía la garganta tan llena de líquido que me era imposible inspirar; además, las rocas me herían la espalda. No sabía cómo había ido a parar a ningún lugar, pues la corriente todavía tiraba de mí. No podía ver otra cosa que agua por todos lados, ya que me llegaba hasta el rostro.
—¡Respira! —me ordenó con angustia una voz; sentí un cruel pinchazo de dolor cuando la reconocí, porque no era la de Edward.
Resultaba imposible obedecerle. La catarata de mi boca no se detenía lo bastante para permitirme tomar aire. El agua negra y helada me llenaba el pecho, me quemaba.
La roca volvió a golpearme en la espalda, justo entre los omóplatos, y otro aluvión de agua me obturó la garganta al salir de los pulmones.
—¡Respira, Bella! ¡Venga! —me suplicó Jacob.
Unos puntos negros, que se iban agrandando cada vez más, me salpicaban la visión y bloqueaban la luz.
La roca me golpeó de nuevo.
No estaba tan fría como el agua; de hecho, la sentía caliente contra mi piel. Me di cuenta de que era la mano de Jacob, que intentaba expulsar el agua de mis pulmones, y aquella barra de hierro que me había sacado del mar también había sido... cálida. .. La cabeza me daba vueltas y los puntos negros lo cubrían todo.
¿Acaso me estaba muriendo de nuevo? No me gustaba, no era tan agradable como la vez anterior. Ahora no había nada que mereciera la pena mirar, lo veía todo oscuro. El batir de las olas se desvanecía en la negrura y terminó convirtiéndose en un susurro monótono que sonaba como si surgiera del interior de mis oídos.
—¿Bella? —inquirió Jacob, con la voz aún tensa, pero no tan exasperada como antes—. Bella, cariño, ¿puedes oírme?
Toda mi cabeza se mecía y balanceaba de un modo vertiginoso, como si su interior se hubiera acompasado al ritmo del agua encrespada.
—¿Cuánto tiempo ha estado inconsciente? —preguntó en ese momento alguien.
La voz que no pertenecía a Jacob me chocó y crispó lo suficiente para permitirme una conciencia más clara. ‐ 215 ‐
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Me di cuenta de que yacía inerte. La corriente ya no me arrastraba, los tirones sólo existían dentro de mi cabeza. La superficie sobre la que me encontraba era plana e inmóvil. Sentí su textura granulosa contra la piel desnuda.
—No lo sé —contestó Jacob, todavía frenético. Su voz sonaba muy cerca. Sus manos, tenían que ser las suyas, porque nadie las tenía tan calientes, me apartaban el cabello mojado de las mejillas—. ¿Unos cuantos minutos? No me ha llevado mucho tiempo traerla hasta la playa.
El tranquilo susurro que oía en mi cabeza no eran las olas, sino el aire que salía y entraba nuevamente de mis pulmones. Tenía las vías respiratorias en carne viva, como si las hubiera frotado con un estropajo de aluminio, por lo que cada aliento me quemaba, pero todavía respiraba. También estaba helada. Un millar de punzantes gotas congeladas me pinchaban la cara y los brazos, haciendo que el frío fuera aún peor.
—Vuelve a respirar, saldrá de ésta. De todos modos no podemos dejar que se enfríe, no me gusta el color que está tomando —esta vez reconocí la voz de Sam.
—¿Qué crees? ¿Le pasará algo si la movemos?
—¿Se golpeó en la espalda o contra algo al caer?
—No lo sé.
Ambos dudaron.
Intenté abrir los ojos. Me llevó casi un minuto, pero pude ver las oscuras nubes de color púrpura que dejaban caer una lluvia helada sobre mí.
—¿Jake? —grazné.
El rostro de Jacob bloqueó el cielo.
—¡Ah! —jadeó mientras el alivio le recorría las facciones. Tenía los ojos humedecidos a causa del aguacero—. ¡Oh, Bella! ¿Estás bien? ¿Puedes oírme? ¿Te has hecho daño en alguna parte?
—S‐sólo en l‐la garganta... —tartamudeé, con los labios temblorosos de frío.
—En tal caso, será mejor que te saquemos de aquí —dijo Jacob. Deslizó sus brazos debajo de mí y me alzó sin esfuerzo, como si fuera una caja vacía. Su pecho estaba desnudo, pero caliente; encorvó los hombros para protegerme de la lluvia. Se me deslizó la cabeza hacia su brazo. Miré de forma inexpresiva a su espalda, donde el agua golpeaba con furia la arena.
—¿La tienes? —le oí preguntar a Sam.
—Sí, me la llevaré de aquí. Vuelvo al hospital. Luego me reuniré contigo. Gracias, Sam.
La cabeza todavía me daba vueltas. Su conversación carecía de sentido para mí en ese momento. Sam no contestó. No se oía nada; me pregunté si ya se habría marchado.
Las olas lamían y removían la arena detrás de nosotros mientras Jacob me sacaba de allí. Parecían enfadadas porque me hubiera escapado. Mientras miraba cansinamente hacia el horizonte, una chispa de color captó la atención de mis ojos extraviados; una pequeña llama de fuego bailaba sobre la masa de agua negra, allá lejos, en la bahía. La imagen carecía de sentido y me pregunté si estaba o no ‐ 216 ‐
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consciente. No dejaba de darle vueltas en la cabeza al recuerdo del agua oscura y agitada, donde me había sentido tan perdida que no identificaba con claridad el arriba y el abajo. Tan perdida... Sin embargo Jacob, de alguna manera...
—¿Cómo me encontraste? —pregunté con voz ronca.
—Te estaba buscando —me contestó mientras subía al trote por la playa en dirección a la carretera, bajo la cortina de agua—. Seguí las huellas de las ruedas de tu coche y entonces te oí gritar —se estremeció—. ¿Por qué saltaste, Bella? ¿No te diste cuenta de que se estaba formando una gran tormenta? ¿Por qué no me esperaste? —la ira le colmaba la voz conforme el alivio pasaba a un segundo plano.
—Lo siento —murmuré—. Fue una estupidez.
—Desde luego, ha sido una verdadera estupidez —coincidió. Cayeron de su pelo varias gotas de lluvia cuando asintió con la cabeza—. Mira, ¿te importaría reservarte todas estas tonterías para cuando yo esté cerca? No puedo concentrarme si estoy todo el día pensando que andas tirándote de los acantilados a mi espalda.
—De acuerdo. Sin problemas —le aseguré. Mi voz sonó como la de una fumadora compulsiva. Intenté aclararme la garganta y entonces hice un gesto de dolor; fue como si me hubiera clavado un cuchillo en ese mismo sitio—. ¿Ha ocurrido algo hoy? ¿La... habéis encontrado?
Ahora me tocaba estremecerme a mí a pesar de que, pegada a su cuerpo ridículamente caluroso, no tenía nada de frío.
Jacob negó con la cabeza. Corría más que andaba mientras seguía la carretera en dirección a su casa.
—No, Victoria se arrojó al agua, y los chupasangres tienen allí más ventaja. Por eso volví corriendo a casa. Temía que a nado duplicara la velocidad con la que se movía a pie, y que regresara, y como pasas tanto tiempo en la playa... —se le formó un nudo en la garganta que le impidió hablar.
—Sam volvió contigo... ¿Están todos en casa? —esperaba que no siguieran buscándola.
—Sí. Algo así.
Bajo el aguacero que tamborileaba sobre nosotros, le observé entrecerrando los ojos para estudiar sus facciones. Tenía la mirada tensa por la preocupación o la pena.
Las palabras no cobraron sentido hasta que de pronto encajaron.
—Antes, al hablar con Sam, has mencionado el hospital. ¿Ha resultado herido alguno? ¿Luchó contra vosotros? —el tono de mi voz se alzó una octava, sonando extraño con la ronquera.
—No, no. Se trata de Harry Clearwater. Esta mañana le ha dado un ataque al corazón. Emily nos esperaba con la mala noticia al llegar.
—¿Harry? —sacudí la cabeza mientras intentaba asumir sus palabras—. ¡Oh, no! ¿Lo sabe Charlie?
—Sí. Él también está allí, con mi padre.
—¿Va a salir Harry de ésta?
Los ojos de Jacob se tensaron de nuevo.
—Por ahora, no tiene muy buena pinta. ‐ 217 ‐
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De pronto, enfermé de culpabilidad. Pensar en el salto absurdo desde el acantilado hizo que me sintiera realmente mal. Nadie debería estar preocupándose por mí en esos instantes. ¡Qué momento más estúpido para volverse temeraria!
—¿Qué puedo hacer? —le pregunté.
Entonces la lluvia dejó de empaparnos. No me di verdadera cuenta de que habíamos llegado a casa de Jacob hasta que cruzamos la puerta. El vendaval azotaba el tejado.
—Podrías quedarte aquí—repuso Jacob mientras me depositaba en el pequeño sofá‐—. Vamos, que no te muevas de esta casa. Te traeré alguna ropa seca.
Dejé que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad de la estancia mientras Jacob iba de un lado para otro en su cuarto. La atestada habitación de la entrada parecía muy vacía sin Billy, casi desolada. Tenía un aspecto extrañamente ominoso, probablemente sólo porque yo sabía dónde estaba.
Jacob regresó en cuestión de segundos y me arrojó una pila de prendas de algodón gris.
—Te estarán grandes, pero no he encontrado nada mejor. Yo... esto... saldré fuera para que te puedas cambiar.
—No te vayas a ninguna parte. Estoy demasiado cansada para moverme todavía. Quédate conmigo.
Jacob se sentó en el suelo junto a mí y apoyó la espalda contra el sofá. Me pregunté cuándo habría sido la última vez que había dormido. A juzgar por su aspecto, estaba tan exhausto como yo.
Reclinó la cabeza sobre el cojín que estaba al lado del mío y bostezó.
—Ojalá pudiera descansar un minuto.
Cerró los ojos. Yo también dejé que los míos se cerraran.
Pobre Harry. Pobre Sue. Sabía que Charlie estaría con ellos. Era uno de sus mejores amigos. A pesar del pesimismo de Jacob, deseé fervientemente que Harry lo superara. Por el bien de Charlie. Por Sue, por Leah, por Seth.
El sofá de Billy estaba al lado del radiador, así que ahora me sentía caliente a pesar de mis ropas empapadas. Me dolían los pulmones de un modo que me empujaba hacia la inconsciencia más que a mantenerme despierta. Me pregunté vagamente si echar una cabezada sería una mala idea... si terminaría mezclando el ahogo con la conmoción cerebral. Jacob comenzó a roncar suavemente y me arrulló como si fuera una nana. Me quedé dormida enseguida.
Disfruté un sueño normal por vez primera en mucho tiempo. Sólo efectué un vagabundeo difuso por los viejos recuerdos: cegadoras visiones brillantes del sol de Phoenix, el rostro de mi madre, una destartalada casita en un árbol, un edredón usado, una pared de espejos, una llama en el agua negra... Iba olvidando una conforme pasaba a la siguiente, las olvidé todas...
... salvo la última, que quedó grabada en mi mente. No tenía sentido, sólo era un decorado en un escenario consistente en un balcón con una luna pintada colgada del cielo. Vi a la chica vestida con un camisón inclinarse sobre la baranda y hablar consigo misma. ‐ 218 ‐
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Carecía de sentido, pero Julieta se hallaba en mi mente cuando me fui despertando poco a poco.
Jacob se había deslizado hasta quedar tumbado en el suelo, donde seguía durmiendo. Su respiración se había vuelto profunda y regular. La casa estaba ahora más oscura que antes y al otro lado de la ventana se veía todo negro. Me sentía rígida, pero caliente y casi seca. La garganta me ardía cada vez que respiraba.
Iba a tener que levantarme, al menos para tomarme una bebida, pero mi cuerpo sólo quería quedarse ahí, relajado, y no moverse nunca.
En vez de moverme, pensé en Julieta un poco más.
Me pregunté qué habría hecho si Romeo la hubiera dejado, no a causa del destierro, sino por desinterés. ¿Qué habría ocurrido si Rosalinda le hubiera dado un día de tiempo y él hubiera cambiado de opinión? ¿Y qué hubiera pasado si, en vez de casarse con Julieta, simplemente hubiese desaparecido?
Me parecía saber cómo se habría sentido Julieta.
Ella no habría vuelto a su vida anterior, seguro que no. Yo estaba convencida de que nunca se habría ido a otro lugar. Incluso si hubiera llegado a vivir hasta ser una anciana de pelo gris, cada vez que hubiera cerrado los ojos, habría visto el rostro de Romeo. Y ella lo habría aceptado, finalmente.
Me pregunté si al final se habría casado con Paris, sólo para complacer a sus padres y mantener la paz. No, probablemente no, decidí, pero de todos modos, la historia dice poco de Paris. Era un simple monigote, un cero a la izquierda, una amenaza, un ultimátum para forzar la mano a Julieta.
¿Y qué pasaría si se supiera más sobre Paris? ¿Qué sucedería si Paris hubiera sido amigo de Julieta? ¿Su mejor amigo? ¿Qué habría ocurrido si él fuera la única persona en la que pudiera confiar la devastación causada por Romeo, la única persona que realmente la comprendiera y la hiciera sentirse otra vez medio humana? ¿Y si él era paciente y amable? ¿Y si cuidaba de ella? ¿Qué sucedería si Julieta supiera que no podría sobrevivir sin él? ¿Qué pasaría si él realmente la amara y deseara que ella fuera feliz?
¿Y si ella quisiera a Paris? No como a Romeo, por descontado, ya que no había nada similar, pero sí lo bastante para que ella deseara que él también fuera feliz.
En la habitación no se oía otro sonido que la respiración cadenciosa y profunda de Jacob, como la nana que se canta en voz baja a un niño, como el vaivén de una mecedora, como el tictac de un viejo reloj cuando no se tiene por qué ir a ninguna parte... Era un sonido reconfortante.
Si Romeo se hubiera ido realmente para no volver, ¿qué importaba si Julieta aceptaba o no la oferta de Paris? Quizás ella hubiera intentado conformarse con los restos que le quedaran de su vida anterior. Tal vez esto fuese lo más cerca que pudiera llegar a estar de la felicidad.
Suspiré, y después gruñí cuando el suspiro me arañó la garganta. Estaba dando demasiada importancia a la historia. Romeo no hubiera cambiado de idea. Ésa es la razón por la cual la gente todavía recuerda su nombre, siempre emparejado con el de ella: Romeo y Julieta. Y ése también es el motivo de que se la considere una buena ‐ 219 ‐
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historia. «Julieta se conforma con Paris» nunca habría sido un éxito.
Cerré los ojos y me dejé ir de nuevo. Permití a mi mente que vagara lejos de esa estúpida obra de teatro en la que no quería volver a pensar, y en vez de eso regresé a la realidad para cavilar sobre el necio error de los saltos de acantilado; y no sólo el acantilado, sino también las motos y mi comportamiento alocado a lo Evel Knievel2. ¿Qué habría ocurrido de haberme pasado algo malo? ¿Qué habría supuesto eso para Charlie? El repentino ataque al corazón de Harry me había puesto las cosas en perspectiva. Una perspectiva que yo no quería afrontar porque significaba que tendría que cambiar mis costumbres. ¿Podría vivir así?
Tal vez. No iba a ser fácil; de hecho, sería triste de verdad el abandonar mis alucinaciones para intentar madurar, pero quizá debería hacerlo. Incluso podría llegar a conseguirlo. Si tuviera a Jacob.
No podía tomar esa decisión justo en ese momento. Dolía demasiado. Tendría que pensar en otra cosa.
Mientras me esforzaba en encontrar algo agradable en lo que pensar, le estuve dando vueltas a las imágenes del atolondrado comportamiento de la tarde: la sensación del aire en la cara al caer, la negrura del agua, la succión de la corriente, el rostro de Edward —me demoré en ella durante un buen rato—, las cálidas manos de Jacob mientras intentaba devolverme a la vida, la lluvia que nos atacaba desde las nubes púrpuras como miles de aguijones, la extraña llama entre las olas...
Recordé la llama de color sobre las aguas con un cierto sentimiento de familiaridad. Desde luego, no podía ser fuego de verdad...
El chapoteo de un coche en la carretera enlodada cortó el hilo de mis pensamientos. Oí cómo frenaba delante de la casa y también el estrépito de puertas que se abrían y cerraban. Pensé que debía sentarme y después decidí pasar de la idea.
Era fácil identificar la voz de Billy, aunque habló en voz baja, algo poco habitual en él, por lo que quedó reducida a un gruñido grave.
Se abrió la puerta y alguien encendió la luz. Parpadeé, momentáneamente cegada. Jake se despertó sobresaltado, jadeando mientras se incorporaba de un salto.
—Lo siento —refunfuñó Billy—. ¿Os hemos despertado?
Mis ojos enfocaron lentamente su rostro y después, cuando pude interpretar su expresión, se llenaron de lágrimas.
—¡Oh, no, Billy! —gemí.
El aludido asintió con un gesto lento. Tenía el rostro endurecido por la pena. Jake se acercó presuroso a su padre y le tomó de la mano. La pena le rejuveneció hasta conferir a su rostro un aspecto repentinamente aniñado, lo cual resultaba una extraña culminación a su cuerpo de hombre.
Sam se hallaba detrás de Billy. Empujó la silla para que cruzara la puerta. La
2 [N. del T.] Piloto de motos de conducción temeraria que entró en el libro Guinness de los récords por el número de huesos rotos.
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angustia había reemplazado a la habitual compostura de su cara.
—Cuánto lo siento —murmuré.
Billy asintió.
—Va a ser muy duro para todos.
—¿Dónde está Charlie?
—Tu padre se ha quedado con Sue en el hospital. Hay una gran cantidad... de disposiciones que tomar.
Tragué con dificultad.
—Será mejor que vuelva allí —murmuró Sam entre dientes; luego, salió precipitadamente por la puerta.
Billy retiró su mano de la de Jacob y después atravesó la habitación en dirección a la cocina.
Jake le miró durante un minuto y después vino a sentarse en el suelo, a mi lado. Ocultó el rostro entre las manos. Le acaricié el hombro, deseando que se me ocurriera algo que pudiera decirle.
Después de un buen rato, Jacob me tomó la mano y la sostuvo contra su cara.
—¿Qué tal estás? ¿Te encuentras bien? Probablemente debería haberte llevado a un médico o algo así —suspiró.
—No te preocupes por mí —solté con voz ronca.
Giró el rostro para mirarme. Sus ojos estaban ribeteados de rojo.
—No tienes muy buen aspecto.
—Supongo que tampoco me encuentro demasiado bien.
—Iré a buscar tu coche para llevarte a casa; deberías estar allí cuando Charlie regrese.
—De acuerdo.
Me quedé tumbada, apática, en el sofá mientras le esperaba. Billy permanecía en silencio en la otra habitación. Me sentía como una mirona que escudriñaba una pena privada y ajena.
Jacob no necesitó mucho tiempo para traer mi coche. El rugido del motor rompió el silencio antes de lo esperado. Me ayudó a levantarme del sofá sin decir una palabra, manteniendo su brazo alrededor de mis hombros mientras el aire frío del exterior me hacía temblar. Se acomodó en el asiento del conductor sin preguntarme y a continuación me empujó hacia su lado para mantener su brazo apretado a mi alrededor. Dejé caer la cabeza sobre su pecho.
—¿Cómo vas a volver a casa? —le pregunté.
—Es que no voy a volver. Todavía no hemos atrapado a la chupasangre, ¿recuerdas?
El estremecimiento que sentí no tuvo nada que ver con el frío. Después fue un viaje tranquilo. El aire helado me había avivado. Me sentía alerta, con la mente trabajando deprisa y con intensidad.
¿Qué pasaría? ¿Cuál era la opción acertada? Ahora era incapaz de concebir mi vida sin Jacob. Me encogía ante la idea de siquiera imaginarlo. De algún modo, él se había convertido en una parte esencial de mi supervivencia, pero dejar las cosas en ‐ 221 ‐
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su estado actual... eso era una crueldad, tal y como Mike me Había echado en cara.
Recordé mi viejo deseo de que Jacob fuera mi hermano. Me daba cuenta ahora de que lo que quería realmente era tener algún derecho sobre él. La manera en la que él me abrazaba no parecía muy fraternal. Simplemente era agradable, cálido, familiar y reconfortante. Seguro. Jacob era un puerto seguro.
Podía reclamar ese derecho, estaba realmente en mis manos.
Era consciente de que iba a tener que contárselo todo. No había otra forma de ser legal con él. Tendría que explicárselo bien para que supiera que yo no me estaba conformando, que le consideraba algo realmente bueno para mí. Él ya sabía que me sentía rota por dentro —esa parte no le sorprendería—, pero tenía que revelarle hasta qué punto era así, incluso habría de admitir mi locura y explicarle lo de las voces. Jake tendría que saberlo todo antes de tomar una decisión.
Sin embargo, aunque yo reconocía esa necesidad, también era consciente de que él querría estar conmigo a pesar de todo, ni siquiera se detendría a considerarlo.
Tendría que comprometerme, entregar todo lo que quedaba de mí, cada pedazo roto. Era la única manera de ser justa con él. ¿Lo haría? ¿Podría hacerlo?
¿De verdad estaba tan mal que intentara hacer feliz a Jacob? Incluso si el amor que sentía por él no fuera más que un eco débil del que era capaz de sentir, aunque mi corazón se encontrara lejos y ausente, malherido por mi voluble Romeo, ¿tan malo era?
Jacob detuvo el coche enfrente de mi casa, que estaba a oscuras, y apagó el motor; de pronto, reinó el silencio. Como tantas otras veces, él parecía estar en consonancia con mis pensamientos de ese momento.
Me abrazó y me estrechó contra su pecho, envolviéndome con su cuerpo. De nuevo, esto me hizo sentir bien. Era casi como ser otra vez una persona completa.
Creí que pensaba en Harry, pero entonces habló y su tono de voz era de disculpa.
—Perdona. Sé que mis sentimientos y los tuyos no son los mismos, Bella, pero te juro que no importa. Me alegro tanto de que te encuentres bien que tengo ganas de cantar, y eso, desde luego, es algo que a nadie le gustaría escuchar.
Se rió con su risa gutural en mi oído.
Mi respiración pareció lijar las paredes de mi garganta hasta excavar un agujero.
A pesar de su indiferencia y teniendo en cuenta las circunstancias, ¿no desearía Edward que yo fuera lo más feliz posible? ¿No le quedaría suficiente afecto como para querer esto para mí? Pensé que sería así. No, no me echaría en cara que concediera a mi amigo Jacob una pequeña parte del amor que él no quería. Después de todo, no era la misma clase de amor, en absoluto.
Jake presionó su mejilla cálida contra la parte superior de mi cabeza.
Sabía sin lugar a dudas qué sucedería si ladeaba el rostro y presionaba mis labios contra su hombro desnudo... Sería muy fácil. No habría necesidad de explicaciones esta noche.
Pero ¿sería capaz de hacerlo? ¿Podría traicionar a mi amado ausente para salvar ‐ 222 ‐
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mi patética vida?
Las mariposas asaltaron mi estómago mientras pensaba si volvía o no el rostro.
Entonces, con la misma claridad que si me hubiera puesto en riesgo inmediato, la voz aterciopelada de Edward me susurró al oído: Sé feliz.
Me quedé helada.
Jacob sintió cómo me ponía rígida, me soltó de forma automática y se volvió para abrir la puerta.
Espera, me hubiera gustado decirle. Sólo un momento. Pero seguí paralizada en mi asiento, escuchando el eco de la voz de Edward en mi mente.
De pronto, entró en el coche un soplo de aire, frío como el de una tormenta.
—¡Arg! —Jacob espiró con fuerza, como si alguien le hubiera golpeado en la barriga—. ¡Vaya mierda!
Cerró la puerta de golpe al tiempo que giraba la llave del encendido. Le temblaban tanto las manos que yo no sabía cómo se las iba a arreglar para hacerlo.
—¿Qué ocurre?
Aceleró demasiado rápido, así que el motor petardeó y se caló.
—Vampiro —espetó.
La sangre huyó de mi cabeza, por lo que me sentí mareada.
—¿Cómo lo sabes?
—¡Porque puedo olerlo! ¡Maldita sea!
Los ojos de Jacob brillaban salvajes mientras rastreaba la calle oscura. No parecía consciente de los temblores que recorrían su cuerpo.
—¿Entro en fase o la saco de aquí antes? —murmuró para sí mismo.
Me miró durante una fracción de segundo, tiempo suficiente para percatarse de mis ojos dilatados por el terror y mi pálida faz; después, se volvió para rastrear la calle otra vez.
—De acuerdo. Primero te saco de aquí.
El motor arrancó con un rugido. Las cubiertas chirriaron mientras le daba la vuelta al coche para girar hacia nuestra única ruta de escape. Las luces delanteras barrieron el pavimento e iluminaron la línea frontal del bosque oscuro, y finalmente se reflejaron en un coche aparcado al otro lado de la calle, donde estaba mi casa.
—¡Frena! —jadeé.
Conocía ese vehículo negro, yo, que era el polo opuesto a un aficionado a los coches, podía decirlo todo sobre ese vehículo en particular. Era un Mercedes S55 AMG. Sabía de memoria cuántos caballos de potencia tenía y el color de la tapicería. Conocía la sensación de ese motor potente susurrando a través de la carrocería. Había sentido el olor delicioso de los asientos de cuero y el modo en que los cristales tintados hacían que un mediodía pareciera un atardecer.
Era el coche de Carlisle.
—¡Frena! —grité otra vez, y más fuerte, porque Jacob estaba haciendo correr el coche calle abajo.
—¡¿Qué?!
—No es Victoria. ¡Para, para! Quiero volver. ‐ 223 ‐
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Pisó con tal fuerza el freno que tuve que sujetarme para no darme un golpe contra el salpicadero.
—¿Qué? —me preguntó de nuevo, aterrado. Me miraba con el horror reflejado en los ojos.
—¡Es el coche de Carlisle! Son los Cullen. Lo sé.
Vio despertar en mí la esperanza y un temblor violento le sacudió el cuerpo.
—¡Eh, cálmate, Jake! Todo va bien. No hay peligro, ¿ves? Relájate.
—Sí, relájate —resolló mientras agachaba la cabeza y cerraba los ojos. Mientras se concentraba para no transformarse en un lobo, observé el coche negro a través del cristal trasero.
Sólo puede ser Carlisle, me dije a mí misma. No esperes otra cosa. Quizás Esme... Para ya, dije para mis adentros. Sería Carlisle a lo sumo. Más de lo que yo hubiera pensado que podría volver a tener.
—Hay un vampiro en tu casa —masculló Jacob—. ¿Y tú quieres regresar?
Aparté la vista del Mercedes a regañadientes, aterrorizada de que pudiera desaparecer si le quitaba los ojos de encima un segundo, y le miré a él para contestarle con voz inexpresiva ante la sorpresa con que me había formulado la pregunta:
—Por supuesto.
Por supuesto que quería volver.
El rostro de Jacob se endureció hasta convertirse en la máscara de amargura que yo había dado por desaparecida. Antes de que tuviera tiempo de ajustársela, atisbé cómo flameaba en sus ojos el impacto causado por mi traición. Le seguían temblando las manos. Parecía diez años mayor que yo.
Inspiró profundamente.
—¿Estás segura de que no es una trampa? —me preguntó lentamente, con voz severa.
—No es una trampa, es Carlisle. ¡Llévame de vuelta!
Un estremecimiento hizo ondular los amplios hombros de Jacob, pero sus ojos continuaron inexpresivos y vacíos de emoción.
—No.
—Jake, todo va bien...
—No. Vuelve tú sola, Bella —su voz restalló y me estremecí cuando el sonido me golpeó. Su mandíbula se tensaba y relajaba sin cesar.
—No es como...
—He de hablar con Sam ahora mismo. Esto cambia las cosas. No nos pueden capturar en su territorio.
—¡Jake, esto no es una guerra!
No me escuchó. Dejó el cambio de marchas en punto muerto y salió por la puerta de un salto, abandonando el coche con el motor encendido.
—Adiós, Bella —se despidió sin volverse—. Espero que no mueras, de verdad.
Echó a correr en medio de la noche. Temblaba con tal virulencia que su forma pareció difuminarse. Desapareció antes de que yo pudiera abrir la boca para llamarle ‐ 224 ‐
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y pedirle que volviera.
El remordimiento me inmovilizó contra el asiento durante un minuto interminable. ¿Qué le acababa de hacer a Jacob?
Pero el remordimiento no me duró mucho rato.
Me deslicé del asiento del copiloto al del conductor y me puse al volante. Las manos me temblaban casi tanto como las de Jacob. Necesité otro minuto para concentrarme. Entonces, con cuidado, di media vuelta y conduje de regreso a mi casa.
Reinó una oscuridad absoluta en cuanto apagué las luces del coche. Charlie se había marchado con tanta prisa que se había olvidado de dejar encendida la lámpara del porche. Sentí una punzada de duda al mirar hacia la casa, sumergida en las sombras. ¿Qué ocurriría si esto resultara ser realmente una trampa?
Volví la vista atrás, hacia el coche negro, casi invisible en la noche. No. Conocía aquel coche de verdad.
Sin embargo, cuando alcé la mano para recoger la llave que se encontraba en la parte superior de la puerta, las manos me temblaban aún más que antes. El pomo giró fácilmente cuando lo moví para abrir. El vestíbulo estaba en tinieblas.
Hubiera querido saludar en voz alta, pero tenía la garganta demasiado seca. Apenas parecía capaz de respirar.
Me adentré un paso en la casa y manoteé en busca del interruptor. Estaba tan oscuro como el agua negra... Pero ¿dónde se encontraba?
Todo estaba negro, igual que el agua negra en la que una llama anaranjada brillaba de forma imposible. Una llama que no podía ser un fuego, pero en ese caso, ¿qué podía ser...? Tanteé la pared con los dedos temblorosos, intentando encender la luz...
De pronto, empezaron a resonar en mi mente las palabras que Jacob había dicho esa tarde hasta sumergirme en ellas... Victoria se arrojó al agua, y los chupasangres tienen allí más ventaja. Por eso volví corriendo a casa. Temía que a nado duplicara la velocidad con la que se movía a pie, y que regresara...
La mano se me quedó helada en plena búsqueda, al igual que el resto del cuerpo, cuando comprendí qué era ese extraño color naranja en el agua...
... el cabello de Victoria, del mismo color que el fuego, que flameaba suelto con el viento...
Ella había estado en el espigón con Jacob y conmigo. Si Sam no hubiera estado allí, si sólo hubiéramos estado nosotros dos... Era incapaz de respirar o de moverme.
La luz se encendió, a pesar de que mi mano helada aún no había encontrado el interruptor.
Parpadeé bajo la luminosidad repentina y vi que alguien estaba allí, aguardándome. ‐ 225 ‐
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La visita
Mi visitante esperó en el centro del vestíbulo, hermosa hasta lo increíble, pálida y absolutamente inmóvil, sin apartar sus penetrantes ojazos negros de mi rostro.
Me temblaron las rodillas durante un segundo y estuve a punte de caerme. Después, me arrojé sobre ella.
—¡Alice!, ¡Oh, Alice! —gimoteé mientras colisionaba contra su cuerpo.
Había olvidado lo dura que era; como correr de cabeza hacia una pared de cemento.
—¿Bella? —había una extraña mezcla de alivio y confusión en su voz.
La rodeé con los brazos e inspiré para inhalar al máximo el olor de su piel; no se parecía a ningún otro, no era floral ni especiado ni cítrico ni almizclado. Ningún perfume en el mundo podía comparársele. Mi memoria no le había hecho justicia en absoluto.
No me di cuenta del momento en que el jadeo se transformó en otra cosa; sólo fui consciente de estar sollozando cuando Alice me llevó hacia el sofá del salón y me acomodó en su regazo. Era como intentar acurrucarse en una piedra fría, pero una piedra que se amoldaba confortablemente a la forma de mi cuerpo. Me acarició la espalda a un ritmo dulce, a la espera de que recobrara el control de mi persona.
—Lo... siento —balbuceé—. ¡Es sólo... que estoy tan feliz... de verte!
—Está bien, Bella. Todo va bien.
—Sí —sollocé; y por una vez me pareció que así era.
Alice suspiró.
—Había olvidado lo efusiva que eres —comentó con cierto tono de desaprobación en la voz.
Levanté la vista y la miré con los ojos anegados de lágrimas. Alice tenía el cuello rígido e intentaba apartarlo de mí al tiempo que apretaba los labios firmemente. Los ojos se le habían vuelto oscuros como la brea.
—¡Oh! —bufé al percatarme del problema. Estaba sedienta y yo olía de un modo apetecible. Había llovido mucho desde la última vez que había tenido que preocuparme de esas cosas—. Lo siento.
—Es culpa mía. Ha pasado ya mucho tiempo desde que salí de caza. No debería permitirme estar tan sedienta, pero hoy tenía mucha prisa —me dirigió una mirada deslumbrante—. Y hablando del tema, ¿podrías explicarme cómo es que estás viva?
Su pregunta me devolvió a la realidad y cesaron los sollozos. Me di cuenta de qué había pasado y cuál era la razón de que Alice estuviera aquí.
Tragué saliva de forma audible.
—Me viste caer. ‐ 226 ‐
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—No —negó con los ojos entrecerrados—. Te vi saltar.
Apreté los labios mientras pensaba en una explicación que no pareciera una chifladura.
Alice sacudió la cabeza.
—Le dije que esto terminaría ocurriendo, pero no me creyó. «Bella me lo prometió» —remedó su voz tan perfectamente que me estremecí por el impacto mientras el dolor se deslizaba por mi pecho—. «Ni se te ocurra seguir mirando en su futuro» —continúo ella, imitándolo—. «Ya le hemos hecho bastante daño.»
»Pero dejar de mirar no significa que se deje de ver —prosiguió—. Te juro que no te vigilaba, Bella. Es sólo que estoy ya en sintonía contigo, y no me lo pensé dos veces cuando te vi saltar, me metí en el avión. Sabía que sería demasiado tarde, pero no podía quedarme sin hacer nada. Así que me planté aquí con la esperanza de que tal vez podría ayudar a Charlie de algún modo y vas tú y llegas... —sacudió la cabeza, esta vez confusa. Se le notaba la tensión en la voz—. Te vi caer en el agua, y esperé y esperé a ver si salías, pero no fue así. ¿Qué pasó? ¿Y cómo has podido hacerle a Charlie una cosa así? ¿No te paraste a pensar el daño que esto le causaría? ¿Y a mi hermano? ¿Puedes hacerte una idea de lo que Edward...?
La atajé en cuanto pronunció su nombre. La habría dejado continuar, incluso después de darme cuenta del malentendido en el que ella se encontraba, sólo por oír el perfecto tono acampanado de su voz, pero era hora de interrumpirla.
—Alice, yo no intentaba suicidarme.
Ella me miró, dubitativa.
—Entonces, ¡¿me estás diciendo que no estabas saltando desde un acantilado?!
—No, pero... —hice una mueca—. Era sólo por diversión.
Su expresión se endureció.
—Había visto saltar a algunos amigos de Jacob —insistí—, Parecía... divertido, y como me aburría...
Ella esperó.
—No se me ocurrió pensar que la tormenta afectaría a las corrientes. En realidad, no pensé mucho en el agua —Alice no se lo tragó. Vi con absoluta claridad que ella seguía creyendo que había intentado suicidarme. Decidí dirigirla en otra dirección—. Pero si me viste allí, ¿cómo es que no viste a Jacob?
Ladeó la cabeza, distraída, y yo continué:
—Es verdad que posiblemente me habría ahogado si Jacob no hubiera saltado detrás de mí. Bien, de acuerdo, no era cuestión de probabilidades, me hubiera ahogado seguro, pero lo cierto es que Jake me sacó del agua y supongo que me arrastró hasta la playa, de esa parte no me acuerdo. Quizás estuviera más de un minuto debajo del agua hasta que el me atrapó. ¿Por qué no viste eso?
Ella torció el gesto con perplejidad.
—¿Te sacó alguien?
—Sí. Jacob me salvó.
La miré con curiosidad mientras una serie de pensamientos enigmáticos pasaban fugazmente por su rostro. Algo le había molestado... ¿Que su visión hubiera ‐ 227 ‐
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sido imperfecta? No estaba segura. Entonces, ella se inclinó de modo deliberado y me olisqueó el hombro.
Me quedé helada.
—No seas ridícula —murmuró al tiempo que me olfateaba un poco más.
—¿Qué haces?
Ignoró mi pregunta.
—¿Quién te acompañaba en la calle hace un rato? Daba la impresión de que estabais discutiendo.
—Jacob Black. Es... mi mejor amigo, o algo así. Al menos, lo era... —cruzó por mi mente la imagen del rostro enfadado y traicionado de Jacob; me pregunté qué seríamos el uno para el otro a partir de ahora.
Alice asintió y pareció preocupada.
—¿Qué?
—No lo sé —comentó—. No estoy segura de lo que pueda significar.
—Bueno, al menos, no estoy muerta.
Ella puso los ojos en blanco.
—Se comportó como un necio al pensar que podrías sobrevivir sola. Nunca he conocido a nadie tan dispuesto a jugarse la vida estúpidamente.
—Sobreviví —señalé.
Ella estaba pensando en algo más.
—Bueno, si las corrientes eran demasiado fuertes para ti, ¿cómo se las arregló Jacob?
—Es... fuerte.
Alice enarcó las cejas al percibir una nota de renuencia en mi voz.
Me mordí el labio durante un segundo. ¿Era o no era un secreto? Y si lo era, entonces, ¿a quien se debía mi lealtad? ¿A Jacob o a Alice?
Qué difícil es guardar un secreto, pensé. Si Jacob lo sabía todo, ¿por qué no Alice?
—Mira, él es... algo así como un hombre lobo —admití de forma atropellada—. Los quileutes se transforman en lobos cuando hay vampiros cerca. Ellos conocen a Carlisle desde hace muchísimo tiempo. ¿Estabas ya con Carlisle en aquella época?
Alice se me quedó mirando boquiabierta durante un momento y después se recuperó, parpadeando rápidamente.
—Bien, eso explica el olor —murmuró ella—, pero ¿también justifica el hecho de que no le viera? —puso cara de pocos amigos y su frente de porcelana se arrugó.
—¿El olor? —repetí.
—Hueles fatal —explicó ella de forma ausente, todavía con gesto de contrariedad—. ¿Un licántropo? ¿Estás segura de eso?
—Muy segura —le prometí; hice un gesto de dolor al recordar la pelea de Paul y Jacob en el camino—. Tengo la sensación de que no estabas aún con Carlisle la última vez que hubo licántropos aquí, en Forks.
—No, no nos habíamos encontrado todavía —Alice seguía perdida en sus pensamientos. Repentinamente se le dilataron los ojos y se volvió a mirarme con una expresión de consternación—. ¿Tu mejor amigo es un hombre lobo? ‐ 228 ‐
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Asentí avergonzada.
—¿Desde cuándo sucede esto?
—Desde hace poco —dije, y mi voz sonaba a la defensiva— Se convirtió en lobisón hace sólo unas pocas semanas.
Me fulminó con la mirada.
—¿Un licántropo joven? ¡Eso es todavía peor! Edward tenía razón, eres un imán para el peligro. ¿No se suponía que te ibas a mantener al margen de los problemas?
—Los hombres lobo no son nada peligrosos —refunfuñé, aturdida por su tono crítico.
—Hasta que pierden los estribos —sacudió la cabeza de un lado al otro con energía—. Estas cosas sólo te pasan a ti, Bella. Nadie debería haber estado mejor que tú cuando los vampiros nos marchamos de la ciudad, pero tú tenías que involucrarte con los primeros monstruos que te encontraras.
No quería discutir con Alice. La idea de que estaba realmente ahí, de que podía tocar su piel marmórea y escuchar su voz como la de un carillón mecido por el viento, aún me hacía estremecer de alegría. Pero ella tenía que fastidiarlo todo.
—No, Alice, en realidad los vampiros no se fueron, al menos, no todos. Y ése ha sido el verdadero problema. Victoria me habría capturado a estas alturas de no ser por los licántropos. Aunque, desde luego, si no hubiera sido por Jake y sus amigos, Laurent me habría atrapado antes que ella, claro, así que...
—¿Victoria? —susurró ella—. ¿Laurent?
Asentí, un poco intimidada por la expresión de sus ojos oscuros. Me señalé el pecho.
—Soy un imán para el peligro, ¿recuerdas?
Sacudió la cabeza otra vez.
—Cuéntamelo todo, pero hazlo desde el principio.
Pasé por alto el principio soslayando el asunto de las motos y de las voces, pero le conté todo lo demás hasta el desastre más reciente. No le gustaron mis poco convincentes explicaciones sobre el aburrimiento y los acantilados, de modo que me lancé sobre la parte de la historia referida a la extraña llama que había atisbado en el agua y aventuré mi suposición. Sus ojos se estrecharon tanto entonces que se convirtieron en ranuras. Era raro ver su mirada tan... tan peligrosa, como la de un vampiro. Tragué saliva a duras penas y continué con el resto de la historia, lo relativo a Harry.
Ella lo escuchó todo sin interrumpirme. De vez en cuando sacudía la cabeza y la arruga de su frente se volvía más profunda hasta que pareció permanentemente grabada en el mármol de su piel. No dijo nada, y al final se quedó inmóvil, impresionada por la pena ajena de la muerte de Harry. Pensé en Charlie; volvería pronto a casa. ¿En qué condiciones se encontraría?
—Nuestra marcha no te hizo bien alguno, ¿a que no? —murmuró Alice.
Solté una carcajada, aunque sonó algo histérica.
—Pero ésa no es la cuestión de todos modos, ¿verdad? No creo que os marcharais por mi bien. ‐ 229 ‐
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Puso cara de pocos amigos y miró al suelo un momento.
—Bueno... supongo que hoy he actuado de forma algo impulsiva. Probablemente no me debería haber entrometido.
Sentí cómo la sangre huía de mi rostro y se me hacía un vacío en el estómago.
—No sigas, Alice —susurré. Mis dedos se cerraron en torno al cuello de su blusa blanca y empecé a hiperventilar—. Por favor, no me dejes.
Abrió los ojos aún más.
—De acuerdo. No voy a ir a ninguna parte esta noche —dijo, pronunciando cada palabra con precisión minuciosa—. Respira hondo.
Intenté obedecerla, aunque apenas sabía dónde tenía los pulmones.
Me miró a la cara mientras yo me concentraba en respirar. Esperó hasta que me calmé para hacer un comentario.
—Qué mala pinta tienes, Bella.
—Hoy he estado a punto de ahogarme —le recordé.
—Es algo más profundo que eso. Estás hecha una pena.
Aguanté el dolor que su frase me produjo sin rechistar.
—Mira, lo estoy haciendo lo mejor que puedo.
—¿Eso qué quiere decir?
—No ha sido fácil. Me estoy esforzando.
Frunció el ceño.
—Se lo dije —comentó para sus adentros.
—Alice ¿con qué pensabas que te ibas a encontrar? —suspiré—. Quiero decir, además de verme muerta. ¿Esperabas hallarme saltando de un lado para otro y cantando canciones de una comedia musical? Creo que me conoces un poco más.
—Así es, pero albergaba la esperanza...
—Pues entonces, supongo que no soy yo la que tiene el monopolio del mercado de la idiotez.
Sonó el teléfono.
—Ése debe de ser Charlie —aventuré mientras me ponía en pie de un salto. Aferré la mano pétrea de Alice y la arrastré conmigo hacia la cocina. No tenía la menor intención de dejarla fuera de mi vista.
—¿Charlie? —contesté al descolgar el aparato.
—No, soy yo —dijo Jacob.
—¡Jake!
Alice escudriñó mi expresión.
—Sólo me estoy asegurando de que sigues viva —comentó Jacob con amargura.
—Estoy bien. Te dije que no era...
—Ya. Lo sé. Adiós.
Jacob me colgó.
Suspiré, dejé caer hacia atrás la cabeza y me quedé mirando al techo.
—Esto va a ser un buen problema.
Alice me apretó la mano.
—No les emociona que me encuentre aquí. ‐ 230 ‐
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—No especialmente, pero no es asunto suyo de todos modos.
Alice me rodeó con un brazo.
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —musitó ella. Pareció hablar consigo misma durante un momento—. Cosas que hacer... Atar cabos sueltos.
—¿Qué es lo que hay que hacer?
Su rostro se volvió repentinamente cauteloso.
—No lo sé con seguridad. Necesito ver a Carlisle.
¿Por qué se tenía que ir tan pronto? Sentí una opresión en el estómago.
—¿No puedes quedarte? —le supliqué—. ¿Por favor? Sólo un poco. Te he echado mucho de menos —la voz se me quebró.
—Si tú crees que es buena idea... —sus ojos mostraron su descontento.
—Sí. Puedes quedarte aquí, a Charlie le encantará.
—Tengo mi casa, Bella.
Asentí, descontenta pero resignada. Ella dudó mientras me estudiaba.
—Bueno, al menos necesitaría ir a por una maleta de ropa.
La abracé impulsivamente.
—¡Alice, eres la mejor!
—Además, creo que debería ir de caza ahora mismo —añadió con la voz estrangulada.
—Ups... —di un paso hacia atrás.
—¿Podrías mantenerte apartada de los problemas durante una hora? —me preguntó con escepticismo. Entonces, antes de que pudiera contestarle, alzó un dedo y cerró los ojos. Su rostro se suavizó y quedó en blanco durante unos momentos.
Después abrió los ojos y se contestó a su propia pregunta.
—Sí, creo que estarás bien. Al menos, por lo que se refiere a esta noche —hizo una mueca. Incluso al poner caras, su rostro seguía pareciendo el de un ángel.
—¿Volverás? —le pregunté con voz débil.
—Te lo prometo. Estaré aquí dentro de una hora.
Miré fijamente al reloj que había encima de la mesa. Ella se rió y se inclinó rápidamente para darme un beso en la mejilla. Se fue inopinadamente.
Respiré hondo. Alice iba a volver. De pronto, me sentí mucho mejor.
Tenía un montón de cosas de las que ocuparme mientras la esperaba. Lo primero de todo era darme una ducha. Olisqueé mis hombros mientras me desnudaba sin conseguir detectar el aroma a agua salada y a algas del océano. Me pregunté qué era lo que quería decir Alice con lo de que yo olía mal.
Volví a la cocina después de ducharme. No hallé indicios de que Charlie hubiera comido recientemente y probablemente estaría hambriento a su regreso. Tarareé algo entre dientes, sin hacer ruido, yendo de un lado para otro de la cocina.
Mientras el estofado del jueves daba vueltas en el microondas, puse sábanas y una vieja almohada en el sofá. Alice no las necesitaría, pero Charlie tenía que verlas. Fui cuidadosa en lo de no mirar el reloj. No había motivos para sufrir un ataque de pánico; Alice lo había prometido.
Me apresuré a cenar, sin apreciar el sabor de la comida. Lo único que sentía era ‐ 231 ‐
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el dolor de la garganta en carne viva cada vez que tragaba. Sobre todo tenía sed; debí de beberme casi dos litros de agua hasta quedar saciada. La sal que se había acumulado en mi cuerpo me había deshidratado.
Fui a comprobar si era capaz de ver la tele mientras esperaba...
... pero Alice ya me aguardaba sentada en su cama improvisada. Sus ojos tenían el color del caramelo líquido. Sonrió y palmeó la almohada.
—Gracias.
—Has llegado pronto —dije eufórica.
Me senté a su lado y apoyé la cabeza sobre su hombro. Ella me envolvió con sus brazos y suspiró.
—Bella, ¿qué vamos a hacer contigo?
—No lo sé —reconocí—. De verdad que lo he intentado con todas mis fuerzas.
—Te creo.
Nos quedamos en silencio.
—¿Sabe...? ¿Sabe él...? —inspiré hondo. Era muy difícil decir su nombre en voz alta, incluso ahora que sí era capaz de pensar en él—. ¿Sabe Edward que estás aquí? —no pude evitar la pregunta. Era mi pena, después de todo. Ya me las apañaría con ella cuando Alice se fuera, me prometí a mí misma, y me puse enferma sólo de pensarlo.
—No.
Sólo había una manera de que esto fuese verdad.
—¿No está con Carlisle y Esme?
—Se pone en contacto con ellos cada pocos meses.
—Oh —debía de estar por ahí, disfrutando de sus diversiones. Concentré mi curiosidad en un tema más seguro—. Me dijiste que volaste hasta aquí... ¿Desde dónde venías?
—Me hallaba en Denali. Hacía una visita a la familia de Tanya.
—¿Está Jasper aquí? ¿Te ha acompañado?
Ella sacudió la cabeza.
—No está de acuerdo con que yo interfiera. Prometimos... —dejó que su voz se apagara y después de eso cambió el tono—. ¿Y tú crees que a Charlie no le importará que me quede aquí? —preguntó, preocupada.
—Charlie cree que eres maravillosa, Alice.
—Bueno, eso lo vamos a comprobar ahora mismo.
Como era de esperar, a los pocos segundos oí cómo el coche patrulla aparcaba en la entrada. Me levanté de un salto y me apresuré a abrir la puerta.
Charlie caminaba arrastrando los pies por la vía de acceso, con los ojos fijos en el suelo y los hombros caídos. Avancé para encontrarme con él; apenas me vio hasta que le abracé por la cintura. Me devolvió el abrazo con fuerza.
—Cuánto siento lo de Harry, papá.
—Lo cierto es que le vamos a echar de menos —murmuró Charlie.
—¿Cómo lo lleva Sue?
—Parece aturdida, como si aún no fuera consciente de lo que ha pasado. Sam se ‐ 232 ‐
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ha quedado con ella... —el volumen de su voz iba y venía—. Esos pobres chicos. Leah es un año mayor que tú, y Seth sólo tiene catorce... —sacudió la cabeza.
Mantuvo sus brazos apretados estrechamente a mi alrededor aunque habíamos comenzado a andar hacia la puerta.
—Esto... Papá... —me figuré que sería mejor avisarle—. ¿A que no adivinas quién ha venido?
Me miró sin comprender. Su cabeza giró alrededor y descubrió el Mercedes al otro lado de la calle, ya que las luces del porche se reflejaban en la satinada pintura negra. Antes de que pudiera reaccionar, Alice estaba en la entrada.
—Hola, Charlie —dijo con voz apagada—. Siento haber llegado en un momento tan triste.
—¿Alice Cullen? —fijó la mirada en la figura esbelta que estaba de pie frente a él, como si dudara lo que sus ojos le decían—. ¿Alice, eres tú?
—Soy yo —confirmó ella—. Pasaba por aquí.
—¿Está Carlisle... ?
—No, he venido sola.
Tanto Alice como yo nos dimos cuenta de que él en realidad no preguntaba por Carlisle. Su brazo se apretó con más fuerza contra mi hombro.
—Se puede quedar, ¿no? —supliqué—. Ya se lo he pedido.
—Claro —dijo Charlie mecánicamente—. Estamos encantados de que estés aquí, Alice.
—Muchas gracias, Charlie. Sé que es un momento de lo más inapropiado.
—No, en realidad, es lo mejor. Voy a estar muy ocupado haciendo lo que pueda por la familia de Harry; será estupendo para Bella tener a alguien que le haga compañía.
—Te he puesto la cena en la mesa, papá —le dije.
—Gracias, Bella.
Me dio otro apretón antes de dirigirse hacia la cocina.
Alice regresó al sofá y yo la seguí. Esta vez fue ella la que me atrajo hacia su hombro.
—Pareces cansada.
—Sí —admití y me encogí de hombros—. Las experiencias cercanas a la muerte me ponen en este estado. Oye, ¿y que pensará Carlisle de que estés aquí?
—No lo sabe. Esme y él están de caza. Sabré algo de él dentro de unos días, cuando regrese.
—Pero ¿no se lo dirás, no... cuando él vuelva? —le pregunté. Ella sabía que no me estaba refiriendo a Carlisle de nuevo.
—No. Me arrancaría la cabeza —dijo Alice con tristeza.
Solté una carcajada y luego suspiré.
No quería dormir, prefería quedarme levantada toda la noche hablando con Alice. No tenía sentido que estuviera cansada después de haberme pasado buena parte del día tirada en el sofá de Jacob, pero la experiencia del ahogo me había dejado realmente exhausta y era incapaz de tener los ojos abiertos. Descansé mi ‐ 233 ‐
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cabeza en su hombro pétreo y me dejé ir hacia una paz y un olvido que nunca hubiera esperado conseguir.
Me desperté temprano, después de un sueño profundo y sin pesadillas, sintiéndome descansada pero con los músculos agarrotados. Estaba en el sofá, arropada bajo las mantas que había preparado para Alice, desde donde podía escucharla hablando con Charlie en la cocina. Parecía que él le había preparado el desayuno.
—Dime, Charlie, ¿ha sido muy malo? —preguntó Alice con voz queda; al principio pensé que se estaban refiriendo a los Clearwater.
Charlie suspiró.
—Ha sido espantoso.
—Cuéntamelo. Quiero saber exactamente qué ocurrió después de que nos marchásemos.
Hubo una pausa mientras se cerraba la puerta de una alacena y se apagaba un botón de la cocina. Esperé, muerta de vergüenza. Charlie comenzó a hablar muy despacio:
—Nunca me había sentido tan impotente. No sabía qué hacer. Hubo un momento durante aquella primera semana en que temí que sería necesario hospitalizarla.
»No comía ni bebía ni se movía. El doctor Gerandy andaba por aquí mencionando palabras como «catatonia», aunque no le dejé acercarse. Me daba miedo que la asustara.
—Pero ¿terminó saliendo de esa situación?
—Hice venir a Renée para que se la llevara a Florida. Era sólo porque yo no quería ser el que... por si Bella tenía que ir a un hospital o algo así. Albergaba la esperanza de que estar con su madre la ayudara, pero ¡cómo se revolvió cuando empezamos a empaquetar sus ropas! Nunca la había visto con un ataque como ése. Ni siquiera es una persona a la que le den berrinches, pero hija, ese día se puso hecha una fiera. Arrojó sus vestidos por todas partes y gritó que no podíamos obligarla a marcharse, y al final rompió a llorar. Pensé que sería un punto de inflexión, así que no discutí cuando insistió en quedarse aquí y al principio dio la impresión de que se recuperaba...
La voz de Charlie se desvaneció. Era duro escucharle contar eso, saber la pena que le había causado.
—Pero...—le apuntó Alice.
—Volvió a la escuela y al trabajo; comía, dormía, hacía las tareas y contestaba cuando alguien le preguntaba algo, pero estaba... vacía. Tenía los ojos inexpresivos. Había un montón de detalles pequeños, como, por ejemplo, que no volvió a escuchar música. Encontré un montón de discos rotos en la basura. No leía y nunca permanecía en la misma habitación donde hubiera una tele encendida, aunque lo cierto es que hasta entonces tampoco le había gustado mucho. Finalmente comprendí que ella evitaba todo aquello que le pudiera recordar a... él.
»Hablábamos poco, ya que temía decir algo que le molestara, se estremecía por ‐ 234 ‐
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las cosas más pequeñas y nunca hacía nada por propia voluntad. Sólo se limitaba a contestar si le hacía una pregunta directa.
»Estaba sola todo el tiempo. No volvió a llamar a sus amigos, hasta que después de un tiempo ellos también dejaron de telefonearla.
»Todo esto parecía como La noche de los muertos vivientes. Todavía la oigo gritar en sueños...
Casi podía ver cómo se estremecía, y yo temblé también al recordarlo. Luego, suspiré. No había conseguido engañarle nunca, en absoluto, ni durante un segundo.
—Lo siento mucho, Charlie —dijo Alice con voz apesadumbrada.
—No ha sido culpa tuya —lo dijo de un modo que dejaba perfectamente claro a quién responsabilizaba de todo—. Siempre has sido una buena amiga para ella.
—Sin embargo, ahora parece estar mejor.
—Sí. He notado una mejoría de verdad desde que empezó a salir con Jacob Black. Al volver a casa, tiene un poco de color en las mejillas y cierta luz en los ojos. Parece algo más feliz —hizo una pausa y su voz se había vuelto diferente cuando volvió a hablar—. Jacob tiene alrededor de un año menos que ella y sé que Bella siempre ha pensado en él como un amigo, pero creo que ahora quizás haya algo más, o al menos su relación parece haber cambiado en esa dirección —Charlie dijo esto de una forma casi beligerante. Era un aviso, no para Alice, sino para que ella se lo hiciera llegar a otros—. Jake es maduro para su edad —continuó, todavía a la defensiva—. Ha cuidado físicamente de su padre del mismo modo que Bella cuidó emocionalmente de su madre. Eso le ha hecho madurar. También es un chaval apuesto, le viene por parte de madre. Ha sido bueno para Bella, ¿sabes? —insistió Charlie.
—Entonces está bien que pueda contar con él.
Charlie inspiró muy hondo y se rindió ante el hecho de que Alice no se opusiera.
—Vale, tal vez esté exagerando un poco las cosas... No lo sé... Incluso cuando está con Jacob, hay veces que veo algo en sus ojos y me pregunto si alguna vez he llegado a darme cuenta de cuánto dolor siente en realidad. No es normal, Alice y... y me asusta. No es normal en absoluto. No es como si alguien la hubiera... dejado, sino como si alguien hubiera muerto —la voz se le quebró.
Era como si alguien hubiera muerto, como si yo hubiera muerto. Porque había sido algo más que perder el más verdadero de los amores verdaderos, aunque no fuera uno de esos amores que matan, porque no había bastado para matar a nadie. También era la pérdida de un futuro al completo, una familia entera... toda la vida que yo había escogido...
Charlie prosiguió con un tono desesperanzado.
—No sé si va a poder superarlo alguna vez. No sé si está en su naturaleza el poder curarse de una cosa así. Bella siempre ha sido una personita tenaz. No pasa nada por alto ni cambia de opinión.
—Sí, ése es su estilo —asintió Alice de nuevo con una voz seca.
—Y Alice... —Charlie dudó—. Tú sabes cuánto te aprecio y estoy seguro de lo ‐ 235 ‐
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feliz que está de verte, pero... estoy un poco preocupado por el efecto que pueda tener tu visita.
—Yo también, Charlie, yo también. No habría venido si hubiera tenido idea de lo que había pasado. Lo siento.
—No te disculpes, cielo, ¿quién sabe? Tal vez sea bueno para ella.
—Espero que tengas razón.
Hubo una larga pausa mientras los tenedores rascaban los platos y Charlie masticaba. Me pregunté donde escondía Alice la comida.
—Alice, tengo que preguntarte algo —dijo Charlie con torpeza.
Alice estaba tranquila.
—Adelante.
—¿Va a venir Edward a visitarla también? —inquirió. Noté la ira reprimida en la voz de Charlie.
Alice contestó con aplomo y un tono de voz suave.
—Ni siquiera sabe que estoy aquí. La última vez que hablé con él estaba en Sudamérica.
Me envaré al escuchar esta nueva información y presté más atención.
—Eso es algo, al menos —bufó Charlie—. Bueno, espero que lo esté pasando bien.
La voz de Alice se aceró por vez primera.
—Si yo estuviera en tu lugar, no haría suposiciones —sabía cómo podían llamear sus ojos cuando empleaba ese tono.
Una silla se separó rápidamente de la mesa, arañando de manera ruidosa el suelo. Me imaginé que había sido Charlie al levantarse; no albergaba duda alguna de que Alice no habría hecho semejante ruido. El grifo se abrió y un chorro de agua se estrelló sobre un plato.
No parecía que fueran a seguir hablando de Edward, por lo que decidí que ya era hora de levantarme.
Me di la vuelta y reboté contra los muelles a fin de que chirriaran. Luego bostecé de forma audible.
Todo estaba tranquilo en la cocina.
Me estiré y gruñí.
—¿Alice? —pregunté de forma inocente; la ronquera que todavía me raspaba la garganta añadió un toque muy apropiado a la charada.
—Estoy en la cocina, Bella —me llamó Alice, sin que hubiera rastro en su voz de que sospechara que había escuchado a escondidas su conversación, pero a ella se le daba bien ocultar estas cosas.
Charlie tenía que marcharse ya, porque estaba ayudando a Sue Clearwater a hacer los arreglos pertinentes para el funeral. Habría sido un día muy largo sin Alice. No habló de irse en ningún momento y yo no le pregunté. Sabía que su marcha era inevitable, pero me lo quité de la cabeza.
En vez de eso, hablamos sobre su familia, de todos menos de uno.
Carlisle trabajaba por las noches en Ithaca y enseñaba a tiempo parcial en la ‐ 236 ‐
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universidad de Cornell. Esme estaba restaurando una casa del siglo XVII, un monumento histórico situado en un bosque al norte de la ciudad. Emmett y Rosalie se habían ido a Europa unos cuantos meses en otra luna de miel, pero ya estaban de vuelta. Jasper también estaba en Cornell, esta vez para estudiar Filosofía. Y Alice había estado efectuando algunas investigaciones personales referentes a la información que yo había descubierto de forma casual la pasada primavera. Había conseguido identificar con éxito el manicomio donde había pasado los últimos años de su existencia humana. Una vida de la que ella no tenía recuerdos.
—Mi nombre era Mary Alice Brandon —me contó con voz serena—. Tenía una hermana pequeña que se llamaba Cynthia. Su hija, mi sobrina, todavía vive en Biloxi.
—¿Has conseguido averiguar por qué te llevaron... a ese lugar? ¿Qué llevaría a unos padres a ese extremo? Incluso aunque su hija tuviera visiones del futuro...
Se limitó a sacudir la cabeza con mirada pensativa.
—No he conseguido averiguar demasiado sobre ellos. Repasé todos los periódicos viejos microfilmados que hallé. Se mencionaba muy poco a mi familia, ya que ninguno pertenecíamos al círculo social del que suele hablar la prensa. Estaba anunciado el compromiso de mis padres y el de Cynthia —el nombre salía de su boca algo vacilante—. Se notificaba mi nacimiento. .. y mi muerte. Encontré mi tumba, y también hallé mi hoja de admisión en los viejos archivos del manicomio. La fecha de la admisión y la de mi lápida coinciden.
No sabía qué decir y, después de una corta pausa, Alice cambió el rumbo de la conversación y habló de temas más superficiales.
Los Cullen estaban todos juntos de nuevo, salvo esa única excepción, para pasar en Denali —con Tanya y su familia— las vacaciones de Pascua que les concedían en Cornell. Escuché con demasiada avidez incluso las noticias más triviales. Ella nunca mencionó a aquel en quien yo tenía más interés y se lo agradecí en el alma. Bastaba con escuchar las historias de la familia a la que una vez soñé pertenecer.
Charlie no regresó hasta después del crepúsculo y parecía más extenuado que la noche anterior. Iba a volver a la reserva a primera hora de la mañana para el funeral de Harry, por lo que se acostó pronto. Yo me quedé otra vez con Alice en el sofá.
Charlie casi parecía un extraño cuando bajó las escaleras antes de que se hiciera de día, vistiendo un traje viejo que yo nunca le había visto con anterioridad. La chaqueta le colgaba abierta; supuse que le estaba demasiado estrecha para poder abrocharse los botones. La corbata era un poco más ancha de lo que se llevaba ahora. Caminó de puntillas hasta la puerta en un intento de no despertarnos. Le dejé marchar, fingiéndome dormida, y Alice, tendida en el sillón abatible, hizo lo mismo...
... pero se sentó en cuanto él salió por la puerta. Bajo el edredón, estaba completamente vestida.
—Bueno, ¿y qué vamos a hacer hoy? —me preguntó.
—No lo sé. ¿Ves que vaya a suceder algo interesante? ‐ 237 ‐
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Ella sonrió y sacudió la cabeza.
—Todavía es temprano.
Todo el tiempo que había pasado en La Push había hecho que abandonara un montón de tareas en casa y decidí ponerme manos a la obra. Quería hacer algo que le facilitara las cosas a Charlie; quizás lograra que se sintiera mejor si regresaba a una casa que estaba limpia y en orden. Empecé con el baño, que era lo que mostraba más señales de abandono.
Mientras trabajaba, Alice se apoyó contra la jamba de la puerta y me hizo preguntas desenfadadas sobre mis, bueno, «nuestros» compañeros del instituto y de las cosas que habían pasado desde su ausencia. Su rostro mostraba una expresión despreocupada y carente de emoción, pero sentí su desaprobación cuando se dio cuenta de lo poco que podía contarle. O quizás la que hablaba era mi conciencia culpable después de haber estado escuchando a hurtadillas su conversación con Charlie en la mañana del día anterior.
Estaba sumergida en detergente hasta los codos y restregaba el fondo de la bañera cuando sonó el timbre de la puerta.
Miré rápidamente a Alice. Su expresión era de perplejidad y cierta preocupación, lo que era extraño; nada tomaba a Alice por sorpresa.
—¡Ya voy! —grité en dirección a la puerta principal al tiempo que me levantaba y me dirigía a toda prisa al lavabo para enjuagarme los brazos.
—Bella —dijo Alice con cierto rastro de frustración en su voz—. Tengo una sospecha bastante certera sobre quién puede ser y creo que es mejor que me marche.
—¿Sospecha? —repetí. ¿Desde cuando Alice tenía que sospechar algo?
—Si es una repetición del mayúsculo fallo de mi visión de ayer, entonces, lo más probable es que sea Jacob o uno de sus... amigos.
La miré fijamente mientras intentaba sacar conclusiones.
—¿No puedes ver a los hombres lobo?
Ella torció el gesto.
—Eso parece.
Estaba evidentemente irritada por este hecho, muy irritada. El timbre sonó otra vez, dos veces, con rapidez e impaciencia.
—No tienes que irte a ninguna parte, Alice. Tú estabas aquí primero.
Rió con su risita plateada, aunque esta vez tenía un matiz oscuro.
—Confía en mí. Dudo que sea buena idea reunimos a mí y a Jacob Black en la misma habitación.
Me besó la mejilla velozmente antes de desvanecerse por la puerta del cuarto de Charlie y a través de su ventana trasera, sin duda.
El timbre sonó de nuevo.
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