El príncipe Fatal y el príncipe Fortuné
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Al segundo príncipe, al que habían llamado Fortuné, todo le iba, al contrario, de maravilla. Su papá y su mamá lo amaban con locura y ya no se acordaban del mayor. La malvada mujer a la que se lo habían entregado, nada más llegar a su casa, le quitó las bellas ropas con las que iba vestido para ponérselas a uno de sus hijos que era de la edad que Fatal; y, tras haber envuelto al pobre príncipe en un miserable faldón, lo llevó a un bosque donde había animales feroces y lo puso en un hueco junto a tres pequeños leones, para que lo devoraran. Pero la madre de aquellos leones no le hizo daño alguno, al contrario, lo amamantó, lo que lo hizo tan fuerte que al cabo de seis meses ya corría solo.

Mientras tanto, el hijo de la nodriza que ella hacía pasar por el príncipe murió, y el rey y la reina estuvieron encantados de deshacerse del príncipe. Fatal permaneció en el bosque hasta los dos años. Un señor de la corte que iba a cazar, quedó muy sorprendido al verlo en medio de los animales. Se apiadó de él, se lo llevó a su casa, y cuando supo que buscaban a un niño para que le hiciera compañía a Fortuné, presentó Fatal a la reina.

Le pusieron a Fortuné un maestro para que le enseñara a leer; pero recomendándole que no le hiciera llorar. El joven príncipe, que había escuchado la recomendación, se ponía a llorar tan pronto como cogía el libro; de tal manera que a los cinco años no conocía aún las letras, mientras que Fatal leía perfectamente y sabía ya escribir.

Para asustar al príncipe, ordenaron al maestro que azotara a Fatal cada vez que Fortuné no hiciera sus deberes; por lo que, de nada le servía a Fatal aplicarse, pues eso no impedía que le pegaran; además, Fortuné era tan caprichoso y tan malvado, que maltrataba constantemente a su hermano, que no conocía. Si le daban una manzana o un juguete, Fortuné se lo arrancaba de las manos; le mandaba callar; en resumen, era un pequeño mártir, del que nadie se apiadaba. Vivieron así hasta los diez años, y la reina se mostraba muy sorprendida de la ignorancia de su hijo.

 


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